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Ser un gran pintor: Juan Gomila

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Autor: Fabio Rodríguez Amaya

Desde la década del ochenta en el circo del arte internacional se asiste a un doble fenómeno. Por un lado, ese ente amorfo y tentacular que se llama mercado ha ido lenta pero implacablemente imponiendo una estética que no puede definirse de otro modo sino mercenaria y decadente. Por el otro, las condiciones generales de una crisis de sentido, a todos los niveles, ha ido determinando la inexorable pérdida del carácter subversivo del arte con la consiguiente homologación que lo neutraliza y reduce a una condición de llano y procaz portavoz del oficialismo cultural y del régimen de turno.

El ejemplo mayor a nivel mundial, de estos últimos meses, es el gran esfuerzo que se está haciendo para consagrar y así poder hacer que entren en la historia los movimientos del Arte Povera y de la Transvanguardia. Este último fue lanzado en la Bienal de Venecia de 1980 (que ve a Gomila expositor en el Pabellón España) y que entorno a algunas brillantes teorías de Achille Bonito Oliva -en plena era socialista craxiana y pre-berlusconianareunió en su momento a cinco protagonistas y fue impuesto a través de un sólido aparato de marketing y publicidad.

 Iniciaba un periodo en que no era nada fácil resistir a las trampas de la moda, a las insidias del mercado, a los espejismos de la fama que en esos fatídicos años tentaban a cualquiera, sin interesar cómo, pues el fin era treparse a cualquier costo, llegar a la meta fuera como fuera. No importaba tampoco cual fuese la meta, pues no se conocía y no se soslayaba como horizonte nítido. Prioritario era alcanzar el reconocimiento, la fama y la riqueza a través del medio que fuese. Iniciaba entonces este tricenal agobiador que bajo la égida del liberismo económico, la consigna de libertad pero con orden y una democracia garantizada por la pax americana signaría la definitiva e irrefrenable decadencia del imperio a la que, impotentes, desconcertados pero resignados, asistimos ya desde hace algún tiempo.

juangomila_001No se comenzaba solo a vivir en los albores de los 1980 en algunas geografías circunscritas. La tendencia era la de generalizar, al punto que se inventó la última falacia de un sistema anquilosado: la globalización (que está por mono imperialismo). Y se ha querido extender hasta aquellos dominios del espíritu, de los sentimientos y del arte. Tan es cierto que hoy se habla de mundialización, de estandarización pero no se dice nada de esa nueva triple alianza encabezada entonces por Ronald Reagan, Margaret Tatcher y el papa

Karol Wojtyla que acabó, “a Dios gracias”, con los comunistas, la amenaza de la guerra nuclear y hasta con el terrorismo -como quieren algunos- después del fatídico 11 de septiembre en esa mágica ciudad sin murallas que es Nueva York. Fue así como se introdujeron de norte a sur y de este a oeste, en la totalidad del globo -por eso mismo se habla de globalización- el terrorismo de la palabra y la violencia de la comunicación, la rutina estándar, la tristeza estándar, el hombre adocenado y la ropa en serie, el asco estándar, la mediocridad estándar, el sexo en el jabón y el sexo en la cocina, la moda de París y la guerra estándar, la moda de Milán y la democracia estándar. Las nuevas generaciones fueron desterradas de sí mismas, es decir, se les quitó la tierra que tenían debajo de los pies, se les estandarizaron los mitos, se les homologaron la droga, el sexo de gallos y los blue jeans. Y aparte de esto, en una Europa moribunda, salvo las contadas excepciones que confirman la regla, no acontece nada.

 Con la oficialización de la Transvaguardia -como en su momento se hizo con la Pop art en Nueva York-, se ha llegado a la inaceptable sujeción del arte a un improvisado y superficial neo-neo primitivismo como si fuera fácil sepultar las experiencias de las vanguardias históricas de entreguerras y de las neo vanguardias de la última posguerra. Esas neo vanguardias que elaboran nuevos planteos precisamente entre los años cincuenta y setenta y en las que se inscribe con suma energía en la pintura española y europea, Juan Gomila, recién terminada su experiencia londinense. Gomila irrrumpe en el panorama español como un pintor de choque. Corriendo y asumiendo todos los riesgos que ese delicado momento exigía (Franco duraría aún una década en el poder), a la búsqueda de su propia autonomía expresiva y de su independencia formal de las tendencias en boga del informal, del abstractismo, del expresionismo en su versión norteamericana. Y si bien a su llegada a España recrea espacios urbanos en la mejor tradición del Pop que ha tocado con mano en la ex capital imperial británica, no olvida el impacto que en su retina, en su sistema nervioso y en su sensibilidad de creador ha dejado impresa la inmensa pintura del Bacon de esos años. Elabora espacios ambientales (en las bienales de Sao Paulo del Brasil y de Alejandría de Egipto) mas nunca abandona la pintura como tampoco la figuración. Por el contrario, Gomila emprende un viaje venturoso en la cultura de su Mediterráneo natal, sin miedo a dar el salto al vacío, sin temor a la inevitable caída en el abismo.

juan-gomila_002Gomila aparece dotado desde entonces de una fuerza artística y ética que lo mantiene vinculado a una vitalidad imaginativa y realizadora de veras importante. Quizá, por reacción al “instalacionismo”, a la super moda “performativa”, de los “happenings” o del “video art” que se revelan primordiales frente a la velocidad inesperada y propositiva con que evolucionan la luminotecnia, la fotografía, la informática, el cine y la televisión. Esto le permite al pintor desplegar las alas con independencia y asimilar excelentes influencias, hasta transformarlas en una muy personal e irrepetible modalidad expresiva, en suma, Gomila ya por entonces logra consolidar un lenguaje personal e inimitable. Lenguaje más sólido hoy, que está en su plena madurez pictórica, y que no deja de suscitar asombro ante la delicadeza y el lirismo urbano de sus últimos trabajos, densos, inéditos e innovadores en los que ha iniciado a integrar declaradamente la fotografía y los medios informáticos, sabiamente mezclados y yuxtapuestos a la constante experimentación con los materiales tradicionales del pintor: pigmentos, emulsiones,recortes, siluetas, intaglios. Gomila en un lento proceso de destilación alcanza una zona franca en que el lirismo y la ternura de su obra combaten la dureza y la violencia de la vida cotidiana. Y la soledad del citadino, el aislamiento a que someten al ser humano la urbe y los modelos de vida contemporáneos. Es más, hace de éstas un modus vivendi en su amplio taller madrileño de la histórica calle de la Colegiata, siempre saturado de excelente música, dotado de una selecta biblioteca y que ha convertido en un cálido refugio en el que vive como un alquimista de otros tiempos. El artista catalán vive despojándose día a día de lo superfluo, de lo inútil pero en su taller se advierte un núcleo palpitante que desprende energías y vibraciones que son resultado de la materialización de experiencias plásticas puras y totales. Como pintor ha llegado al dominio del oficio y a la certidumbre en esa poética que define la figura humana como signo expresivo. Más se trata de una figura que se diluye y dilata, que se desdibuja y desvanece, para recomponerse como experiencia sensible en la retina del observador. Y dejo constancia que a Juan le interesa pintar bien y cada día mejor, componer con equilibrio, reducir todo a lo esencial. Por esto, combate a cada instante para despojar el cuadro o la hoja de papel de arandelas y oropeles así como anda despojando su vida hasta alcanzar el ascetismo. Gomila ha renunciado, de treinta años para acá, a todo, hasta llegar a la desnudez esencial de la imagen que compensa con un denso e intencional barroquismo cromático y visual, obteniendo la conquista liberatoria del anticonsumismo, de lo anti-banal, de lo anti-superficial que impera en la sociedad de hoy. Simultáneamente ha logrado intensificar la valencia expresiva y comunicativa que aparece despojada de ideologías de capilla y cargada de ideas y sensaciones sugeridas por el entorno ambiguo, angustiado y desesperado del mundo contemporáneo en crisis irreversible.

juan-gomila_003Sin embargo, en Gomila la curiosidad permanece latente a los mensajes de la contemporaneidad, a la captación de estímulos, al reconocimiento sagaz y certero de todo aquello que potencialmente está dispuesto a ser transformado por sus manos y su ojo avizor en valor estético perdurable.

Si se observa, como debe ser, con atención extrema la pintura de Gomila se descubre una constelación de signos que dejan de apoyarse en su experiencia de lo real, de lo cotidiano, de lo, en apariencia, efímero. Es como si el artista usara la pintura como máscara protectiva contra la esterilidad de los sentidos y el congelamiento del alma. En sus cuadros de gran formato, en los pequeños retablos, en las miniaturas lúdicas, el espacio puro prepara al espectador a lanzarse al despeñadero de lo carnal y perentorio, de lo erótico y superficial. Sin embargo, allí queda la marca, la huella indeleble de lo vivido. Hasta la impotencia del artista frente a la imposibilidad de cambiar el mundo (no de transformar la sensibilidad del otro).

Lo que importa en Gomila es su actitud frente a la pintura/mundo en que define un universo de correspondencias del arte en su propio medio, del arte proyectado, deyectado, vomitado en el mundo real y fenoménico.

El arte de Gomila no pertenece al ágora en que hoy se ha impuesto discernir -por moda, por ausencia de ideas, por necedad humana problemáticas políticas, religiosas y sociales, teóricas y conceptuales orientadas por grupos de poder como sucede en Grand Palais (Christian Boltanski), en Tate Modern (Doris Salcedo, “cuyo trabajo responde en cierta manera a la situación política en Colombia”), en el Guggenheim (Anselm Kiefer) o en tinglados al aire libre en que se exhiben las obras que nunca ha realizado con sus manos el insulso italiano Maurizio Cattelan del que el Guggenheim de Nueva York se apresta a montar la payasada de avalar su “abandono” de la actividad artística o esas asépticas adaptaciones occidentales del chino Zhou Tiehai. Gomila es uno de los artistas –se cuentan con los dedos de las manosque se rebelan contra estas manías de geniales curadores e improvisados protagonistas de la última hora, para revelar desde la superficie plana, con los medios de siempre, en el laboratorio del pintor, nuevas posibilidades, nuevos iconos que son el resultado de trabajo tenaz y empecinado en el espacio sin tiempo de la memoria humana.

Y no rellena espacios. Los recorta, los hiende, los siluetea para que a través de esa herida metafísica nos apersonemos del hoy, del aquí, del ahora, del más allá, de lo concreto, de lo irreal e inexistente. Pero con gracia, con garbo, en medio de la fiesta del color y en la alegría de la soledad.

Gomila es un pintor total. Es un colorista nato y pleno que apuntala su trabajo en la cotidianeidad rutinaria de la búsqueda, en esa arquitectura que componen las siluetas que una vez usadas en las telas, suspende en grandes espacios o recorta en el papel, a la búsqueda de la totalidad expresiva. Nada más, nada menos que el eterno secreto, la inimitable magia del arte verdadero.

 Por eso mismo todo en la pintura de Gomila se halla despojado de la anécdota, del cuento, del verbo, de la palabrería tan necesaria para los artistas de hoy, y de este modo alcanza esferas sensibles del lenguaje, del lenguaje expresivo que no duda en preguntar, que no hesita en responder. Un lenguaje que no es áulico ni retórico sino por el contrario, directo, inequívoco e impulsado por una energía secreta e inmensurable: la del arte que mantiene viva la conciencia simbólica, la memoria mítica. Por eso mismo sus lienzos y sus pictogramas danzan, vuelan, ascienden, caen, se levantan, precipitan. Gomila lanza un conjuro para que el mundo se congregue en los territorios del vértigo, de la sinrazón, de lo exaltado, de lo desconocido, y participemos allí en el rito perenne de la renovación y el cambio. Gomila se expone, asume la responsabilidad de demostrar la inutilidad del arte y al mismo tiempo confirma que, sin éste, la

existencia carece de sentido. Por eso mismo el artista español trasciende los límites del bastidor para sobrevolar las instancias de la revelación poética.

juna-gomila_005Post Scriptum: Cada vez que pienso en cómo se podría llegar a ser un gran pintor, en tiempos y espacios tan atormentados y aciagos como los que nos acosan en esta segunda década del dosmil, por mi mente pasan, alternándose, un sin fin de imágenes multicolores y misteriosas que han brotado de las manos y de la imaginación de

Francis Bacon y Juan Gomila.

 Muchas serían las motivaciones que me mueven para hacer tal afirmación: porque los dos pintan y no ilustran; porque los dos crean y no imitan; porque los dos aman la vida y no temen la muerte; porque los dos han asumido, contra viento y marea, la ardua empresa de plasmar valores estéticos perdurables ocupándose de tribulaciones del ser humano que van más allá de lo banal de la existencia y de la vida. En suma, porque los dos son, a la vez, pintores profundamente figurativos y densamente informales, mas se expresan con poéticas peculiarmente diversas, innovativas y personales.

Amén de que sirviéndose del soporte y los materiales tradicionales, alcanzan la categoría de artistas en el sentido más íntegro del término.

 De Bacon evito hablar por razones más que obvias. De Gomila he osado a mala pena esbozar algunos trazos veloces por razones para nada superfluas. Ante todo, la convergencia de una búsqueda afín y paralela que descubrimos compartir mutuamente en 1980 cuando nos encontrábamos exponiendo juntos en la Bienal de Venecia. Por esas fechas comenzaban a imponerse los sufijos trans, post, hiper y otros más. Fueron tiempos en que decidimos saltar en la misma góndola para realizar un viaje similar al que llevó en un abrir y cerrar de ojos a uno de los papas de Bacon, desde Castelgandolfo hasta Macondo.

Mas, lo supimos sin decirlo, el nuestro no iba a ser el viaje complaciente con el poder omnipotente de la Mamá Grande, sino el viaje contracorriente de lo superficial y fácil que hoy se intenta historiar bajo rótulos como postmoderno, hiperrealismo, postcolonial, transvanguardia y otra decena de hueras etiquetas más que tanto han contaminado el planeta y deformado el gusto estético de un público en su gran mayoría desprovisto y analfabeto. Por suerte para los dos, amantes de la pintura de Bacon y de la vida, nuestro viaje prosigue pues la góndola y la amistad no han naufragado. Y nuestros sueños y el arte tampoco.

Milán, septiembre y 2011